— III —
Las relaciones con los padres son conflictivas. Todos lo sabemos, en mayor o en menor medida. Sin embargo, en general, son bastante más conflictivas de lo que sabemos o creemos saber. Desde principios de este siglo el padre (con todo lo que estamos diciendo que implica el serlo) del psicoanálisis, el médico vienés Sigmund Freud, estableció que desde la más tierna infancia nuestros sentimientos hacia los progenitores (o quienes ocupan su lugar) son una compleja (tan compleja como lo es un complejo) imbricación de atracciones y repulsas, de amor y de odio, para decirlo rápido. El ejemplo más divulgado de tal contradicción se da en el llamado complejo de Edipo, en el que el niño o la niña “quiere” (en el sentido pleno del término) a uno de los padres con tanta intensidad como detesta al otro. Todos vivimos, de una manera u otra, nuestro propio Edipo.
Con el tiempo y la represión, sin embargo, una de las dos componentes de ese sentimiento híbrido, y en pos de una, no por aparente menos necesaria coherencia, será censurada, arrinconada en lo que el propio Freud llamó el inconsciente. Eso no quiere decir, de ninguna manera, que el sentimiento (la pulsión, en términos freudianos) reprimido deje de influir sobre nuestra visión del mundo y nuestro comportamiento. Y el confrontarse con ella, las raras veces que se deja ver, será siempre, en el mejor de los casos, incómodo. A menudo intolerable. Jacques Lacan, medio siglo después, acuñó el término “hainamourer”, el “amor-odio”.
Y de hecho todos: los neuróticos, los psicóticos y los normales (si es que todavía quedan), lo arrastraremos toda la vida como una especie de “poltersgeist”, a veces juguetón, a veces despiadado, que sin dar nunca la cara nos hará de las suyas a cada paso. La relación de cada uno con ese duende chocarrero será particular e intransferible y en unos casos mucho más problemática que en otros.
La “patria” (del latín pater) es aquello que pertenece al padre, o a los padres, si usted quiere. A un cierto padre colectivo. Es todo aquello que los padres, comunitariamente, nos imponen o, si el término le parece demasiado duro, nos dan, nos legan y que ellos heredaron a su vez de sus padres: un contexto, un lugar sobre la Tierra bajo el cielo, un código de convivencia, una colección de costumbres, de hábitos alimentarios, una manera de vestirse, un nombre, un Dios y una lengua. Un conjunto de hermanos, de compatriotas. A veces también un color de la piel y una manera de morir.
Por lo tanto, si guardamos la necesaria prudencia, muchas de las facetas de la problemática de la relación con nuestros padres de carne y hueso se pueden reconocer en nuestra relación con la patria. Cuando se pertenece a una patria única, “estable” y libre, las cosas se vuelven más sencillas. Pero son incontables las maneras en que las cosas se pueden complicar. Cuando el padre y la madre pertenecen a patrias diferentes, es decir el verdadero mestizaje, será necesario optar, o bien mantenerse en una especie de “hinterland”, tierra de nadie. En cualquier caso, será difícil deshacerse de una cierta angustia. Cuando los padres emigran, por razones políticas, económicas o de cualquier otra índole, y los hijos nacen y crecen, como es mi caso, lejos del paisaje y de la gente de la patria de los padres, también se enreda la cosa. Como se enreda, sin duda alguna, cuando una nación invade a otra.
En el primer artículo de esta serie, comparaba la conquista de una nación con una violación. Tanto una como otra pueden engendrar un nuevo ser: una nueva cultura en el primer caso o una nueva persona en el segundo. En ambas, la violencia y la humillación, no la comunicación o el amor, da lugar a la nueva entidad.
Hace unos días preguntaba y me preguntaba si los hijos de madres violadas celebrarían sus cumpleaños. No supe encontrar una respuesta del todo convincente. Si se celebra o si no, es indiscutible que debe provocar sentimientos difíciles tanto en la madre como en el hijo (si conoce las circunstancias de su concepción, pero también, de manera aún más compleja, si no las conoce). ¿Cómo separar la fiesta del dolor?
Pero las cosas son más enmarañadas aún. El hijo, producto del crimen, de la violación, ¿detestará simplemente a su padre, al agresor de su madre, desconocido o no, o experimentará hacia él sentimientos encontrados y confusos? Y no sólo hacia el padre sino hacia sí mismo, en búsqueda de una
determinada identidad. Dicho de otra manera, es difícil que el hijo de la sierva violada por el conde no se pregunte si debería vivir en palacio o no.
En México nos referimos a veces a España (en fin, hay quien se refiere) como la “madre patria”. En realidad se trata del “padre imperio”. Si alguna patria madre existe, violada, es precisamente la cultura de los antiguos mexicanos, mayas, purépechas o zapotecas.
Esa violación nacional, colectiva, simbólica, representó en su momento no pocas violaciones reales, individuales, en sentido estricto, de las mujeres americanas, por los invasores españoles, soldados primeros y colonos después; pero no se agota ahí. La violación nacional se dará sobre todo en el plano del poder, de la hegemonía militar, política, económica y cultural. (Octavio Paz, en su Laberinto de la soledad, afirma que el verbo “chingar” provendría del náhuatl con el significado de “violar” y que en ese sentido los mexicanos nos reconoceríamos como “hijos de la chingada”. En mi juventud encontré esto particularmente interesante. La falta de seriedad, sin embargo, en el uso de las palabras y las ideas de la que Paz ha hecho gala no permiten, desgraciadamente, otorgar demasiado crédito a esa versión. Muchos años después, además, encontré esa palabra, con el mismo sentido que le damos hoy en México, en el argot de los gitanos de Barcelona).
En todo caso, parece indiscutible que la cultura mexicana hegemónica actual, como la de una buena parte del resto de América, no puede resolver su relación con la figura de ese padre violador. ¿Cómo explicar, si no, que aún hoy continuamos llamando, como quien no quiere la cosa, “la noche triste”, a aquella en la que los mexicas derrotaron a los españoles en la batalla de Tlacopan?