— XXVIII —

La semana pasada dije que bien podíamos hablar de tres Américas, la blanca, la negra y la cobriza, y me referí a la primera de ellas, la blanca; primera de esta pequeña lista, pero primera también en la escala del “desarrollo” (escala y desarrollo establecidos, curiosa y precisamente, por la propia cultura blanca) y en el ejercicio del poder económico, político y cultural. Hoy quiero hablar de la América negra.

Este jueves, una institución blanca, de hecho dos instituciones blanquísimas, blancas a más no poder, el comité Nobel de Estocolmo y el Parlamento Noruego, rindieron homenaje a esas dos Américas periféricas en las personas del poeta antillano Derek Walcott y de la activista quiché Rigoberta Menchú. Al margen de los indiscutibles méritos respectivos de cada uno de los galardonados, es indiscutible que los jerarcas escandinavos quisieron recordar, en pleno “quinto centenario”, a dos de los primeros actores del drama americano, relegados al segundo plano —cuando no a los bastidores— por los aspavientos grotescos de esa actriz decrépita, a pesar de las capas de maquillaje, llamada Iberoamérica.

Quisieron llamar a escena a las dos culturas marginadas y soterradas por la parafernalia hispanizante de la sangrienta efemérides. Aunque es imposible evitar un cierto tufo de paternalismo y mala conciencia trasnochada en los dadores del Nobel, el gesto, desde la América real, no puede no ser aplaudido.

Aunque el nivel en el que las cosas están, no es de recordar de lo que se trata. Se recuerda aquello que alguna vez se supo y que después se olvidó, pero al hablar de la América negra y de la América cobriza, de lo que se trata en realidad es de presentar, de introducir, porque desde la estúpida soberbia de nuestro cosmopolitismo ramplón nada sabemos, nada hemos querido saber ni de una ni de otra.

Hace dos o tres artículos mencionaba yo hasta qué punto el paisaje nacional (no estatal) de Europa era desconocido en nuestros lares. Cuánta gente, de la que podría esperarse un nivel alto de formación e información, ignoraba dónde se encuentran, o qué son, el Jura, Bohemia o Flandes. Pero las cosas son mucho más lamentables si no pensamos ya en la situación allende el Atlántico, sino en la de nuestros vecinos inmediatísimos: la América negra.

Hasta qué punto estamos en la inopia frente a nuestros condóminos continentales lo pone de manifiesto el que, a propósito del poeta galardonado anteayer, no exista uno solo de sus libros traducido al español y ya mencioné aquí mismo que hay una treintena larga de países en el Caribe insular, y la mitad de ellos son ya Estados independientes.

Los actuales derivados de lo que fue la Nueva España, es decir México y el norte de América Central, son por razones no tan sencillas como a primera vista se podría suponer, los únicos países americanos entre los paralelos 45 de latitud norte y 25 de latitud sur, es decir de una franja de casi 8,000 kilómetros de ancho, en no poseer población negra. Estamos rodeados, en casi todas las direcciones, norte, oriente y sur, de cultura negra. Y nuestra ignorancia de ella no puede ser ajena a cierto dejo racista.

Lo poco que sabemos de las culturas negras americanas no nos llega por conducto de las naciones negras autónomas, sino de los Estados mixtos, en los que esas culturas conviven con las blancas. Esto sucede principalmente en Estados Unidos, las tres Antillas mayores, Cuba, República Dominicana y Puerto Rico, y en mucho menor escala, en Brasil. En todos los casos ese poco que llega a nosotros de esas culturas negras es utilizado, como caja de resonancia y como intermediario, a las culturas blancas con las que conviven.

Los Estados-nación negros como tales, para nosotros, es prácticamente como si no existieran. Si no fuera por Harry Belafonte, Bob Marley, dos o tres atletas, algún equipo de futbol sobre el cual cebarse o una insolente intervención militar gringa, podríamos quitar el “prácticamente” de la frase anterior.

O si no, piense usted en cuánta gente sabe, por ejemplo, que las principales refinerías de petróleo de América Latina no se encuentran en México o en Venezuela, sino en Aruba, o que el país al que pertenece el flamante Premio Nobel de Literatura se llama Santa Lucía. Mucho me temo que si Aruba o Santa Lucía no tienen la suerte de su vecino San Vicente y juegan un partido de futbol contra México, no conseguirán, pese a todos los poetas y pese a todo el petróleo del mundo, que nos dignemos a prestarles un mínimo de atención.

Esa numerosa población autóctona de las islas caribeñas fue totalmente exterminada por los invasores españoles, tal como lo describe fray Bartolomé de las Casas. Si algún rastro hubiera quedado, los posteriores colonos, franceses, ingleses u holandeses, se encargaron de completar la tarea. Hoy se habla de que aún existe algún reducto indígena en un par de islotes al sur de Cuba, pero parece más dominio de la leyenda.

La población negra actual procede, no hace falta decirlo, de África. (Tania Coll, estudiosa de la zona, me comenta que los esclavos fueron traídos de diversas regiones del continente africano, con la intención de desestructurarlos nacionalmente, impedir su continuidad cultural y facilitar su sumisión). Hoy en día se encuentran divididos no de acuerdo a sus propias naciones de origen sino a las de sus opresores. Así, hay islas de habla e influencia cultural inglesa, francesa y holandesa, aparte de Cuba, Dominicana y Puerto Rico, hispanoparlantes. (Como naciones del Caribe también parece acertado incluir las continentales de Belice, Guyana, Surinam y la Guayana Francesa).

En todo caso, es indiscutible que cada uno de esos pequeños Estados constituye hoy una nación bien estructurada, con rasgos diferenciales ciertos, muchos de ellos conservados de sus países de origen (las formas musicales o religiosas, como la llamada “santería”, no dejan lugar a dudas al respecto), otros adquiridos en su nuevo hábitat (el papiamento, lengua de las Antillas Holandesas, es creo un caso único en la historia de la lingüística). Este hecho no deja de ser sorprendente. Discutiendo con Tania, me preguntaba y le preguntaba cómo era posible que esos hombres y mujeres esclavizados, alejados de su respectiva patria de manera tan brutal, hubieran conseguido conformar naciones mucho más definidas que las de los propios indígenas americanos.

¿Cómo había cristalizado esa negritud americana (tan distinta de la de los Estados Unidos), esa negritud en torno de la que se estructura su ser nacional y de la que tan orgullosos, con razón, están? ¿Cómo fue que florecieron los grilletes? Me contestaba que, entre otras cosas, debió influir en que las condiciones infrahumanas de vida y trabajo a que eran sometidos provocaban frecuentemente su muerte prematura, y así a unos los reemplazaban otros recién llegados, de manera que las formas culturales originales siempre se renovaban. También debe haber tenido que ver su condición de islas, lo que favorece la integración y el diferenciarse.

El peso de la historia y la densidad de la realidad actual de la América negra son impresionantes. Sólo piense que Haití, la “oveja negra” en varios sentidos, de la comunidad latinoamericana, se independizó del yugo europeo mucho antes que las colonias españolas. Pero si desde nuestra mezquina autosuficiencia nos permitimos ignorar, como lo hacemos, la cultura y el hacer de ese gigante (también en varios sentidos) que es Brasil, nada menos, ¿qué pueden esperar de nosotros los haitianos?