— XXI —
Pasado mañana es 12 de octubre. Sus hijos no irán a la escuela, y usted, con tantita suerte, no va a trabajar. Será un día festivo. Festivo de fiesta. Los periódicos y la televisión nos van a atiborrar de hispanidad y de 500 años, y los gobernantes, de aquí y de allá, unos con más pudor que otros, se apresurarán a declarar qué contentos estamos todos.
Empecé esta serie, hace ya veinte semanas, diciendo que tal vez era mejor que no recordáramos (que no quiere decir que olvidáramos) lo que sucedió, lo que empezó a ocurrir en esta tierra hace cinco siglos. Que corriéramos un velo discreto sobre el vértigo y el horror y evitáramos, prudentes y generosos, abrir y confrontar viejas heridas.
Pero el gobierno español (el actual, no el de Isabel I) no nos lo permitió y sus acólitos aquende el Atlántico lanzaron una apabullante, interminable y obsesiva campaña propagandística que no escatimó recursos, medio ni ámbito alguno. Con la falta de tacto y de respeto que tan a menudo los caracteriza, se han empeñado en cantar las glorias de la hispanización y recordarnos que la conquista, que ahora quieren llamar “encuentro”, fue un éxito. Es decir, quieren celebrar la victoria de los invasores.
No nos dejaron hacer como si nada. Nos obligaron a recordar. A lo mejor es mejor. Finalmente la única manera de saber mirar hacia adelante es haber mirado, con los ojos bien abiertos, hacia atrás. Hay heridas que no por añejas dejan de ser dolorosas. En todo caso no es soslayándolas como cerrarán.
Quieren recordar. Recordemos, pues.
Hace unas semanas cedí este espacio a la palabra de un protagonista de aquellos hechos, un español llamado Hernán Cortés, a quien tanto deben todos los entusiastas y festivos hispanófilos y quienes, añadiendo la cobardía y la ingratitud a sus otras virtudes, se abstienen de reivindicarlo, al mantener su nombre en un hipócrita olvido. Hoy, a dos días de la “fiesta”, quiero dar la palabra a otro español, igualmente protagonista de aquel aquelarre, un fraile dominico llamado Bartolomé de las Casas. Efemérides por efemérides, este año se cumplen 450 de la escritura de su Brevísima relación de la destrucción de las Indias.
Permítame el insólito consejo de que no lea las líneas que siguen. De hecho usted ya sabe, de alguna manera, lo que dicen. Basta con que estén escritas, que no se pierdan, que alguien las transcriba de vez en cuando. No es indispensable leerlas. Son duras y hacen daño. Escojo, con dificultad y casi al azar, algunos párrafos de la terrible crónica (menciono, al principio de cada uno, el lugar al que se refieren).
República Dominicana y Haití: “En estas ovejas mansas y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos y tigres y leones crudelísimos, de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de 40 años a esta parte hasta hoy, y hoy en este día no hacen sino despedazallas, matallas, angustiallas, afligillas, atormentallas, y detruillas, por las extrañas y nuevas y nunca otras tales vistas ni leidas ni oidas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán en tanto grado, que habiendo en la isla Española sobre tres cuentos (millones) de ánimas que vimos, no hay hoy de los naturales de ella 200 personas… Las islas de los Lucayos, que están comarcanas a la Española y a Cuba por la parte del norte, que son más de 60… y que la peor de ellas es más fértil que la huerta del Rey de Sevilla, y la más sana tierra del mundo en las cuales había 500 mil ánimas, no hay hoy una sola criatura. Todas las mataron trayéndolas y por traellas a la isla Española, después que veían que se les acababan los naturales de ella… Andando un navío tres años a rebuscar por ellas la gente que había… no se hallaron sino 11 personas, las cuales yo vide.
“Una vez que vide que teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores, y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros, y porque daban muy grandes gritos y daba pena al capitán o le impedían el sueño mandó que los ahogase, y el alguazil, que era peor que el verdugo que los quemaba, y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla, no quiso ahogallos antes les metía con sus manos palos en la boca para que no sonasen, y atizoles el fuego hasta que se asaran despacio como él quería”.
Panamá: “Los españoles… leían el dicho requerimiento, diciendo: ´Caciques e indios de esta tierra firme de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios y un Papa y un Rey de Castilla, que es señor de estas tierras; venid luego a le dar la obediencia, etc.´ Y si no, sabed que os haremos guerra, mataremos y cautivaremos, etc. Y al cuarto del alba, estando los inocentes durmiendo con sus mujeres e hijos, daban en el pueblo, poniendo fuego a las casas que comúnmente eran de paja, y quemaban vivos a los niños y mujeres y muchachos de los demás, antes que acordasen; mataban los que querían, y los que tomaban a vida mataban a tormentos porque dijesen de otros pueblos de oro o de más oro de lo que allí hallaban, y los que restaban, herrándolos por esclavos. Iban después, acabado o apagado el fuego, a buscar el oro que había en las casas…
“Prendieron al dicho señor y átanle a un palo sentado en el suelo y extendidos los pies pónenle fuego a ellos porque diese más oro, y él envió a su casa y trajeron otros tres mil castellanos: tornáronle a dar tormento, y él no dando más oro, o porque no lo tenía o porque no lo quería dar, tuviéronle de aquella manera hasta que los tuétanos le salieron por las plantas, y así murió. Y de éstas fueron infinitas veces las que a señores mataron y atormentaron por sacalles oro”.
México: “Entre otras matanzas hicieron ésta en una ciudad grande de más de treinta mil vecinos, que se llama Cholula, que saliendo a recibir todos los señores de la tierra y comarca y primero todos los sacerdotes con el sacerdote mayor a los cristianos en procesión y con grande acatamiento y reverencia y llevándolo en medio a aposentos del señor o señores de ella principales, acordaron los españoles de hacer allí una matanza o castigo, como ellos dicen, para poner y sembrar su temor en todos los rincones de aquellas tierras… Así que enviaron para esto primero a llamar todos los señores y nobles de la ciudad y de todos los lugares a ella sujetos con el señor principal, y así como venían y entraban a hablar al capitán de los españoles, luego eran presos, sin que nadie les sintiese que pudiera llevar las nuevas… Habíanle pedido a cinco o seis mil indios que les llevasen las cargas; vinieron luego todos y métenles en el patio de las casas… Todos ayuntados y juntos en el patio con otras gentes que revueltas estaban, pónense a las puertas del patio españoles armados que guardasen, y todos los demás echan manos a sus espadas y maten a espada y a lanzadas todas aquellas ovejas, que uno ni ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado. Al cabo de dos o tres días salían muchos indios vivos llenos de sangre, que se habían escondido y amparado debajo de los muertos (como eran tantos) e iban llorando ante los españoles pidiendo misericordia que no los matasen, de las cuales ninguna misericordia ni compasión hubieron, antes así como salían los hacían pedazos…
“Daba a escoger entre cincuenta y cien doncellas, una de mejor parecer que la otra, cada una la que escogiese, por una arroba de vino o de aceyte o de vinagre o por un tocino… y acaeció dar un muchacho que parecía hijo de un príncipe por un queso, y cien personas por un caballo.”
Guatemala: “Tenía esta costumbre, que cuando iba a hacer guerra a algunos pueblos o provincias llevaba de los ya soguzgados indios cuantos podía, que hiciesen guerra a los otros; y como no les daba de comer a diez y veinte mil hombres que llevaba, consentíales que comiese a los indios que tomaban. Y así había en su real solemnísima carnicería de carne humana, donde en su presencia mataban a los niños y se asaban; y mataban el hombre por solas las manos y pies que tenían por los mejores bocados. Y con estas inhumanidades, oyéndolas todas las otras gentes de las otras tierras no sabían dónde se meter de espanto.”
Florida: “Estamos enhastiados de contar tantas y tan execrables, horribles y sangrientas obras, no de hombres sino de bestias fieras… Afligíanles y matábalos con echarles cargas como a bestias. Cuando alguno cansaba o desmayaba por no descansar de la cadena donde los llevaban en colleras otros que estaban antes de aquél, cortábanle la cabeza por el pescuezo, y caía el cuerpo a una parte y la cabeza a otra… A mucho número de indios, en especial a más de doscientos juntos, según se dice, que enviaron a llamar a cierto pueblo, o ellos vinieron de su voluntad, hizo cortar el tirano mayor desde las narices con los labios hasta la barba, todas las caras dejándolas rasas. Y así con aquella lástima y dolor y amargura corriendo sangre, les enviaron a que llevasen las nuevas de las obras y milagros que hacían aquellos predicadores de la santa fe católica bautizados.”
Colombia: “Otra vez este mismo tirano fue a cierto pueblo que se llamaba Cota y tomó muchos indios e hizo despedazar a los perros quince o veinte señores y principales, y cortó mucha cantidad de manos de mujeres y hombres y las ató en una cuerda y las puso colgadas de un palo a lo largo, por que viesen los otros indios lo que había hecho a aquéllos, en que habría setenta pares de manos, y cortó muchas narices a mujeres y niños… Sepan todos los que son verdaderos cristianos y aun los que no lo son si se oyó en el mundo tal obre: que para mantener los dichos perros traen muchos indios en cadenas por los caminos que andan como si fuesen manadas de puercos, y mátanlos y tienen carnicería pública de carne humana, y dícense unos a otros: préstame un cuarto de un bellaco de estos para dar de comer a mis perros hasta que yo mate otro… “Y para que más compasión cualquiera cristiano hay de aquellas inocentes naciones y de su perdición y condenación más se duela y más culpe y abomine y deteste la codicia y ambición y crueldad de los españoles, tengan todos por verdadera esta verdad con las que arriba he afirmado, que después que descubrieron las Indias hasta hoy nunca en ninguna parte de ellos los indios hicieron mal a cristianos sin que primero hubiesen recibido males y robos y traiciones de ellos, antes siempre los estimaban por inmortales y venidos del cielo y como a tales los recibían, hasta que sus obras testificaban quiénes eran y qué pretendían.”
Si desoyó usted mi consejo y pese a todo leyó estas líneas, ya sabe, mejor de lo que ya sabía, cuál es la fiesta de pasado mañana. Ahora, en plena conciencia y en irrestricto uso de su libre albedrío, sabrá cómo celebrarla. No quiero ni puedo añadir nada. Que sea el propio fray Bartolomé el que concluya la entrega de hoy con una cita de otro texto suyo, el Memorial dirigido al Consejo de Indias en 1562.
“La primera, que todas las guerras que llamaron conquista fueron y son injustísimas y de propios tiranos. La segunda, que todos los reinos y señoríos tenemos usurpados. La tercera, que las encomiendas o repartimientos de indios son iniquísimos, y de ‘per se’ malos, y así tiránicos y la tal gobernación tiránica. La cuarta, que todos los que las dan pecan mortalmente, y los que las tienen están siempre en pecado mortal, y si no las dejan no se podrán salvar. La quinta, que el Rey nuestro señor, que Dios prospere y guarde, con todo cuanto poder Dios le dio, no puede justificar las guerras y robos hechos a estas gentes, ni los dichos repartimientos o encomiendas, mas que justificar las guerras y robos que hacen los turcos al pueblo cristiano. La sexta, que todo cuanto oro y plata, perlas y otras riquezas que han venido a España, y en las Indias se trata entre nuestros españoles, muy poquito sacado, es todo robado; digo poquito sacado, por lo que sea quizá de las islas y partes que ya habemos despoblado. La séptima, que si no lo restituyen los que lo han robado y hoy roban por conquistas y repartimientos o encomiendas y los que dello participan, no podrán salvarse. La octava, que las gentes naturales de todas las partes y cualesquiera dellas donde habemos entrado en las Indias, tienen derecho adquirido de hacernos guerra justísima y raerno de la faz de la Tierra y este derecho les durará hasta el Día del Juicio.”